Empezar a ver, empezar a sentir.
Saber
que ha pasado el tiempo
y que hay que hacerse cargo.
Cambia el discurso y ahora soy yo
la que reclama títulos,
la que se asusta de la distancia,
debe ser la distancia
entre
las partes
de mi misma.
El tiempo pasa y marca mis ritmos
como un oleaje descontrolado,
no soy yo la que mueve el agua en las costas.
Y sin embargo
aquí
soy yo.
Los modos ocultos
son
los que empiezan a tratar de ser pensados.
Empiezo a darme cuenta entonces de que no tengo forma, pero soy.
Y en ese ser
está
la forma,
un límite a mi masa,
mi energía,
mi estar.
Cada día los vaivenes que provoca lo que me lleva o me trae.
Eso que pongo afuera pero que también soy yo en los otros.
Lo que elijo de los otros para dejarme ir.
La ignorancia de la indiferencia,
la que hago a propósito
tiene que ver con no hacerme
yo
cargo,
no nombrar
yo.
Exorcismo de estos demonios
para poder
llegar a esa
otra luz,
ese
otro mar.
De mí
hacia el otro,
estirar mi mano
y tocarnos a todos.
La reflexión,
los estados
y
ese
ser
que
hoy vivo con más ganas.
Esto soy.
De mi la arcilla, en mi
las manos que la moldean.
El dulce abismo
en mi
misma.
“Pero ¿donde podemos encontrar una mujer que se equipare a Shiva en espíritu y fuerza?” exclamó Brahma.