Amar.
Cuatro letras simples, un proceso inefable.
Un mondo se ha creado cuando el verbo comienza a andar y amar.
¿Comienza? Res y verba. ¿quién ama? Y el espejo… es reflexivo. ¿Me ama? ¿Me ve? ¿Me veo? ¿Veo?
No. Llevo días sin ver lo evidente, explicándolo, haciendo hipótesis, dudando.
Nada y todo son palabras necias, siempre y nunca también.
Las busco y las rechazo sistemáticamente.
Ese traje hecho carne de quien observa… ser alguien ahí, o ser nadie, un hueco, un cero.
Un cero lleno de posibilidades, de futuros, de verdades por descubrir y ninguna certeza.
Imagino ese estado, lo evoco, descanso ahí… y dos minutos después estoy explicando, sintiendo, doliendo lo percibido, un mundo revuelto, muchas verdades y razones contradictorias juntas a punto de atacar, de solaparse, de debatir, de discutir, de taparse y aniquilarse. Confusiones que merecen ser ordenadas. ¿O no?
Llega el error entonces, el error que es aprendizaje, que es experiencia, que es camino. Bienvenido, transformador, fresco, va sucediendo y el observador-nadie detectando los procesos eligiendo una forma más sabia para “después”. Un pataleo del ego, una negación, una racionalización… y duele… dice: “Sí, pero…”
El corazón ve mejor.

“Pero ¿donde podemos encontrar una mujer que se equipare a Shiva en espíritu y fuerza?” exclamó Brahma.
No hay comentarios:
Publicar un comentario